Antes de las siete, el agua todavía está quieta.
Antes de las siete, la laguna está quieta. El viento todavía no llega — tarda otras dos horas. Lo que se ve desde el muelle es un espejo incómodo, de esos que confunden al cerebro: arriba el cielo, abajo el mismo cielo, en medio una línea de jungla.
Si sales en kayak a esa hora, cruzas la laguna sin ruido. A veces aparece una garza en la orilla, quieta, mirando hacia ningún lado. No se asusta si pasas cerca.
A las ocho el viento empieza. A las nueve ya no es la misma laguna. Pero por un rato, por una hora larga, sí lo es.
Si te despiertas temprano — aunque sea una sola vez en todo el viaje — esa es la laguna que vas a recordar.


